AROMAS DE TABACO Y MAR, de Concepción Revuelta. Puntuación: 4/5
Ya me quedan pocas novelas por leer de la autora santanderina Concepción Revuelta, a la que he reseñado La siciliana, Días grises con cielo azul y Te di mi palabra, que es mi preferida. Ahora he leído Aromas de tabaco y mar, su debut literario en 2013.
Como todas, es una novela
costumbrista, de ficción histórica, ambientada de nuevo en su tierra,
Santander, durante la posguerra, concretamente en el año 1950. La autora la
escribió como homenaje a las cigarreras, y no es para menos, pues ella misma
combinó su pasión literaria con su profesión en la Compañía Tabacalera de la calle Alta de Santander, donde acumuló
tres décadas de experiencia laboral.
Por tanto, sus años de trabajo
en la fábrica le sirvieron para documentar esta bonita novela, para cuya
escritura utilizó los testimonios y memorias de sus compañeras más veteranas.
La historia comienza con el
gran incendio de la ciudad en 1941, que obliga a su reconstrucción,
precisamente en un momento de profunda miseria y hambre para la clase
trabajadora. Allí vive Aurora Guzmán y su amiga Lola Ceballos, cigarreras ambas
de la tabacalera.
Su familia la componen su
madre, Carmen, una pescadera abandonada hace años por su marido Felipe que
emigró a México; y sus tres hermanos, Juan, Adela y Laura.
A punto de morir, su abuela
Rita revela a Aurora el secreto de su origen, lo que le marcará la vida y,
sobre todo, su relación amorosa con Manuel.
La novela no es muy larga y se
divide en tres partes: la tripa, el capillo y la capa, que son las tres piezas
para la elaboración de un buen puro. En ella se retrata bien la miseria de la
posguerra, las diferencias sociales entre clases y el abuso de los señores
sobre las mujeres que entraban a su servicio.
Ellos vienen representados por los señores Faz de Trebyllente, Nicanor y Fátima, y su
ama de llaves Marcela, pues es en esta casa donde entrarán a servir las
hermanas de Aurora. Y, sobre todo, por el odioso don Elías Abascal, su hija
Margarita, y sor Clementina, que representa al estamento religioso de la época.
En fin, una novela que tiene
muy buenos mimbres, porque en ella también se producen varios asesinatos, pero que,
pese a estar escrita utilizando algunos términos cántabros como “sincio”, “raquero”
o “acaldar”, que sirven para ambientar correctamente el escenario, abusa del
uso del sufijo “-uco” (por ejemplo, niñuca) y contiene demasiados laísmos.
Este lenguaje tan localista puede ser un obstáculo para su lectura y también para
su traducción.
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